martes, 23 de febrero de 2010

Restos de nuestro concepto de vida en la lengua, la tradición y la burocracia

Parece que el debate sobre el aborto va escapando. Yo pude escuchar de cerca ambas orillas, las dos con argumentos tan satisfactorios como simplistas. Lo sorprendente es que no consiguieron que me mojase. A día de hoy mi conclusión es que no tengo ninguna, que ya es algo. O no. No sé. Por ahora me pongo las botas y me voy a jugar a la calle, con los charcos que la tromba del debate ha dejado.

Me aterra el argumento de que las generaciones futuras juzgarán nuestro concepto y maneras de aborto actual como algo inhumano similar a la esclavitud o al genocidio. Porque todo esto va de una definición de qué es "una vida", qué es "un ser humano", y actuar según eso. Lo cual siempre ha sido muy peligroso.

Imaginemos un futuro en el que considerarían que el genocidio y el aborto legal no son cosas tan diferentes. Ellos se preguntarían cómo puede ser que hagamos eso, al igual que nosotros nos preguntamos cómo los alemanes votaron al NSDP. Claro que luego te acuerdas del superhombre de Nietzsche, del Imperio, del románticismo, de Versalles, del evolucionismo social y de otro tipo de perlicas refrescantes. No estoy tachando a ninguna de estas cosas de nazi; digo que ayudaron a crear un sustrato cultural que los alemanes compartían y que sirvió de abono para las retorcidas ideas nazis.

Y yo me pregunto si ese mismo futuro hipotético no intentaría ver en nuestra propia cultura ciertos sustratos culturales que de alguna manera nos hacen menos horrible un hipotético aborto-genocidio.

Imaginemos que una pareja de hoy en día tiene dos hijos, ella se queda embarazada una tercera vez y a los cinco meses aborta de forma natural. Se queda embarazada por cuarta vez y éste niño muere dos días después de nacer. Si esta mujer, años después, tuviese una conversación profunda y sincera con alguien ¿qué diría?:

-Tuvimos dos hijos.
-Tuvimos cuatro hijos, pero dos se murieron.
-Tuvimos cuatro hijos, pero uno murió antes de nacer, y otro después.
-Tuvimos tres hijos, pero el último murió al poco de nacer. Y antes del tercero tuve un aborto.

La primera y la última son las dos únicas que reconocemos como usuales, la última con más información, la primera con menos. La segunda parece que está intentado engañar, la tercera suena rara ¿no? Tampoco es usual decir "tengo dos hijos, uno fuera del útero y el otro dentro". Como mucho "tengo un hijo y otro más en camino". A los hijos los separamos en los grupos +nacido y -nacido.

Que yo sepa, a los abortados (naturales y no) no se les entierra ¿no? Es decir, la muerte de una criatura en los primeros meses no la tratamos de la misma manera que la del resto de mortales. Pero sí que se entierran a los niños que mueren al nacer. Las fronteras se hacen más borrosas.

No sólo la muerte. En nuestras culturas comenzamos a datar nuestro tiempo desde el nacimiento, no desde la concepción ni desde que nuestra madre sabe que estamos ahí. No es tan difícil imaginar una cultura donde nuestros padres elijan nuestro nombre, el orden de nuestros apellidos y la fecha de nuestra concepción. O que se date el día en que los padres tienen certeza de esto. De alguna manera, nuestra cultura señala que el comienzo de nuestras vidas está en el alumbramiento, no en la concepción.

Así, cuando la gente cuenta su historia, empieza en su nacimiento, no cuando el ADN de sus progenitores se mezcló. "Nací el 6 de octubre de 1978 en Madrid" es más habitual que "mis padres estaban viviendo en Valencia a principio de 1978 cuando mi madre se quedó embarazada de mí, bueno, o sea, de mi padre, pero, quiero decir...".

Al Registro Civil van los padres cuando el bichito nace. No vamos y decimos "oye, que la criatura ya está en camino y se va a llamar Rinconete García". Si los padres, a los cinco meses de embarazo, aún no tienen un nombre se les dice "bueno, todavía tenéis cuatro meses". Si el niño tiene cinco meses y todavía no tiene nombre, llamamos a Servicios Sociales para que te lo embarguen.

Todo esto me hace pensar que en nuestra cultura existe el valor implícito de que la vida comienza con el embarazo, que eso crea un sustrato cultural común a todos los españoles (y quizás común a todos los occidentales) y que ese valor se puede rastrear en la lengua, en nuestras costumbres y en nuestra burocracia.

Y ahora me voy a mi casa, me voy a quitar las botas y ver si me han calado o si tengo todavía los calcetines secos.

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