domingo, 20 de junio de 2010

Helado en su tinta

Al niño se le cayó la bola de helado. Una milagrosa mancha que crecía en sus pantalocitos se deshizo en pis. La vainilla y la helada orina empezaban a derretirse en el suelo cuando vio que a uno de los elefantes de la jaula se le descolgaba la cabeza. Sus colmillos se giraron sobre sí mismos, se doblaron, como entumecidos, se retorcieron en bucles hasta moverse libremente otras dos trompas más, algo más cortas. Las orejas se desprendieron, se abrieron las casi transparentes membranas y el niño vio cómo se enrollaban en dos largos apéndices más, como dos trencitas de niñata con canas. Su cráneo se retorcía, bajaba, su pescuezo se hacía larguísimo y delgado, apoyó sus tres trompas delanteras en el suelo y el cuello soltó los hombros del elefante, enroyándose en otros tres tentáculos. Aquello, sobre el suelo, estaba tranquilo: los ocho apéndices, húmedos y amontonados en el suelo, parecían latir. El enorme cuerpo del elefante, decapitado y con un agujero chorreante, se quedó unos segundos paralizado. Las patas traseras se le doblaron y cayó al suelo, como cualquier decapitado se echa a dormir. A un metro, el enorme y articulado cráneo gris se levantó unos centímetros sobre sus patas, estiro las trompas delanteras y comenzó a correr por las calles del zoo, lleno de familias felices y de divorciados con sus críos. El niño giró sus amarillentas piernas y miró al otro elefante, que aún estaba en la jaula.


Basado en la greguería "El elefante tiene trompa de pulpo", de Ramón Gómez de la Serna.

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